
Siempre se ha dicho que las comparaciones son odiosas. Es una expresión que se entiende estupendamente, pero que a la vez tiene un alto contenido de mentira: pienso que las comparaciones bien hechas, entre elementos razonablemente homogéneos (lo que solemos entender por comparables), son eficacísimas para valorar lo comparado, descubrir bondades y carencias, y llegar a una síntesis enriquecedora. Las comparaciones son, muchas veces, necesarias. Lógicamente, para que la comparación tenga interés el que comprara debe saber lo que está comparando: el resultado de la comparación tendrá valor en la medida que el comparador ofrezca garantías.
Cuento todo esto porque el motivo que me ha llevado a ver el MUSEO DEL ROMANTICISMO ha sido, lo digo sinceramente, mi reciente visita al MUSEO CERRALBO, que hace muy poco comenté en selecciónARTE. Un museo me llevó al otro, y la comparación me sale automática.
Sé que el MUSEO CERRALBO y el MUSEO DEL ROMANTICISMO no son exactamente lo mismo: el CERRALBO se construye a finales del XIX (se acaban las obras en 1893), y el MUSEO DEL ROMANTICISMO pretende mostrarnos una casa romántica, y por lo tanto de las primeras décadas del XIX. También entiendo que sería una pretensión falsa –y ridícula- tratar de subirme al pedestal del experto que sabe del XIX y compara con autoridad los dos museos: no lo soy, y no lo pretendo. Pero ni una cosa ni otra impiden que me anime a dar mi opinión de no experto: que cada uno le dé el valor que quiera.
Cuento todo esto porque el motivo que me ha llevado a ver el MUSEO DEL ROMANTICISMO ha sido, lo digo sinceramente, mi reciente visita al MUSEO CERRALBO, que hace muy poco comenté en selecciónARTE. Un museo me llevó al otro, y la comparación me sale automática.
Sé que el MUSEO CERRALBO y el MUSEO DEL ROMANTICISMO no son exactamente lo mismo: el CERRALBO se construye a finales del XIX (se acaban las obras en 1893), y el MUSEO DEL ROMANTICISMO pretende mostrarnos una casa romántica, y por lo tanto de las primeras décadas del XIX. También entiendo que sería una pretensión falsa –y ridícula- tratar de subirme al pedestal del experto que sabe del XIX y compara con autoridad los dos museos: no lo soy, y no lo pretendo. Pero ni una cosa ni otra impiden que me anime a dar mi opinión de no experto: que cada uno le dé el valor que quiera.
Por un lado, pienso que lo que el CERRALBO tiene de auténtico le falta al MUSEO DEL ROMANTICISMO, donde todo se nota más postizo, menos vivido, más escenario construido. Por otro, lo que el MUSEO DEL ROMANTICISMO tiene de claridad conceptual e interés museográfico (¿o es museológico?) le falta al CERRALBO. Ambas ideas encajan con lo que sabemos: que el MUSEO CERRALBO es una auténtica casa-palacio restaurada, mientras que el MUSEO DEL ROMANTICISMO es una recreación de esa misma forma de vivir para ser enseñada, pero no una realidad vivida. Como arquitectura, el MUSEO DEL ROMANTICISMO, aunque es más ordenado, no tiene ningún espacio del interés del vestíbulo y Escalera de Honor del CERRALBO, o de su sala de baile. Y en cuanto a las colecciones, mi impresión ha sido que el CERRALBO tiene en conjunto mejores piezas, pero las del MUSEO DEL ROMANTICISMO son más homogéneas; no sabía, por cierto, que hubiera un GOYA en el oratorio del MUSEO DEL ROMANTICISMO, una imagen de San Gregorio Magno. Me ha llamado la atención el mobiliario del MUSEO DEL ROMANTICISMO, o quizá sería más preciso decir que he prestado más atención al mobiliario, cosa que en el CERRALBO hice menos: presté mas atención a los objetos artísticos y menos a los muebles (que muchas veces son objetos artísticos, claro); también me detuve un rato en la sala dedicada a los niños, para ver los juguetes de época. Me pareció más acertado y completo el cuadernillo del CERRALBO para seguir el recorrido expositivo que el del MUSEO DEL ROMANTICISMO, y me gustó la doble lectura de las salas que se propone en el MUSEO DEL ROMANTICISMO. Una última comparación, por acabarlas con una sonrisa: en el MUSEO DEL ROMANTICISMO entré directamente, sin un segundo de cola, y en el CERRALBO …

No caeré en la simpleza de decir cuál es mejor (no sabría decirlo, la verdad), pero sí me atrevo a decir que los dos museos se complementan estupendamente, y que después de visitarlos pienso que sé más del XIX y de cómo se vivía –cómo vivía la gente bien- en el XIX. Han sido dos visitas que valen la pena, resultan enriquecedoras y se las recomiendo a cualquiera.
Releo la entrada y veo que finalmente no he dicho apenas nada de la historia y las colecciones del MUSEO DEL ROMANTICISMO … pero no importa, porque están estupendamente explicadas en el sitio web del MUSEO: no dejéis de visitarlo, porque aporta.




La culpa de esta cabecera (que no era la inicialmente prevista para febrero) la tuvo el THYSSEN y sus JARDINES IMPRESIONISTAS. AVENIDA EN EL PARQUE SCHLOSS KRAMER no estuvo en Madrid, pero los tres cuadros de KLIMT que se exponían me llamaron la atención y me trajeron Viena a la cabeza: quizá no fueran los mejores (ni de la muestra del THYSSEN ni de la producción del pintor) pero me hicieron repasar la Secession vienesa, y KLIMT se coló –

Como edificio, el MUSEO CERRALBO tiene poco qué: es muy caótico y sin espacios de especial impacto. Sin ser el no-va-más, lo único que llama la atención desde el punto de vista arquitectónico es el vestíbulo de acceso, con su doble circulación a ambos lados del eje de entrada y su escalera principal (la Escalera de Honor, le llaman) a la espalda del recién llegado. En el Entresuelo, donde se sitúan las estancias privadas del Marqués y su familia, no hay mucho que reseñar: habitaciones de época, recargadas y con un criterio decorativo un punto dudoso. Subiendo al Principal, donde se encuentran las estancias representativas, una mezcolanza de objetos de cierto interés: armas de cierto interés, cuadros y esculturas y dibujos y porcelanas de cierto interés, todo en locales y habitaciones de cierto interés … pero nada de auténtico interés. Y otra vez todo con una disposición rara, caótica, con circulaciones extrañas y relaciones entre locales extrañas. Buen ejemplo es la Sala de Baile, sin duda rica en decoración, bonita, vistosa, pero que no es más que una de la cuatro crujías del patio interior, zona de paso abierta en sus dos extremos y discreta de tamaño. Nos dejan a ciegas sobre la parte de servicio (cocinas, caballerizas, etc.), que seguro que también tendría su aquel y complementarían bien el recorrido por la zona noble (imagino que quizá haya desaparecido: será el área administrativa, de almacenes, despachos y todos esos locales que necesita una institución cultural). El jardín está rigurosamente cerrado y no se puede salir.
Yo no soy especialista, y quizá la colección del CERRALBO sea de primera magnitud. Sospecho, en cualquier caso, que no. Así que no hay que ir allí buscando grandes cuadros. Ni fabulosas esculturas. Ni un edificio de primer orden. Hay que ir para ver un conjunto de interés: las piezas sueltas no lo tienen –o no mucho- pero estar en la casa real (de verdad, una casa vivida) de un caballero real (con nombre y apellidos, con fotos de familia sobre las mesas), da muchas pistas.
Siempre me ha interesado el arte románico, y la vedad es que disfruté en este recorrido de buenos ejemplos del arte medieval, fundamentalmente catalán. Primero los frescos; luego el trabajo en piedra (la DOVELA DE RIPOLL me pareció sensacional); después la pintura sobre tabla en frontales de altar y baldaquinos, todos espectaculares; enseguida las tallas de Cristos crucificados o en majestad (la MAJESTAD BATLLÓ es impactante); y finalmente la orfebrería, cuidadísima y rica. Auténticos tesoros, ya lo decía al comenzar. 





Admito que mi comentario es precipitado, que habrá que ver cómo se usa el espacio del patio cubierto cuando el Ayuntamiento esté funcionando al 100%. Pero por ahora me ha parecido un proyecto correcto … pero vulgar, por excesivo y por ya sabido.
