jueves, 28 de agosto de 2008

PARÍS I: UNA IMPRESIÓN GENERAL




Ya conocía París, pero siempre había estado poco tiempo, días. Ahora he tenido la ocasión de ver la ciudad con más de dos semanas por delante, y aunque sigue siendo muy poco tiempo, la comprensión del sitio es radicalmente distinta. Procuraré, a lo largo varios post, dejar constancia de esta experiencia.

La conclusión más inmediata, la más certera, es que se trata de una ciudad inabarcable. Las primeras veces que uno la visita, deslumbra, cambia la cabeza. Las siguientes, entusiasma. Es verdad que resulta un punto teatral, artificial (una persona me dijo que para él era la Disneylandia del siglo XIX, apreciación que, aunque entiendo en esa línea de teatralidad, no comparto para nada) pero a la vez es magnífica, generosa en espacios, magnánima, bella.

Hace falta tiempo para descubrir la ciudad, y dependiendo del que uno dedique, la entiende de maneras diversas. ¿Cuánto tiempo? Cuanto más, mejor: tres días, tres semanas, tres meses, tres años: lo que uno tenga y pueda; eso sí, bien repartido ... Hay que acertar, saber qué ver y cómo repartir el tiempo (el Louvre no se ve en un rato, y si uno sólo dispone de dos días sugiero que no dedique hora y media en la cola del arco del triunfo). No es la primera vez que lo digo, pero no me importa repetirlo: conviene preparar los viajes para acertar, para aprovecharlos. Hablando de preparar, qué útiles son las guías si no tienes un parisino o parisina constantemente al lado (yo he tenido la suerte de contar con uno en muchas de mis jornadas de agosto): la GUIA VERDE de MICHELIN, a pesar de su diseño rancio, es bastante buena. Utilicé también la editada por EL PAIS-AGUILAR: mucho más vistosa, pero también mucho más incompleta y sencilla. Y otra de arquitectura contemporánea, de la que hablaré en otra ocasión.

Antes de salir, una persona que conocía sobradamente el terreno me recomendó “hacer primero el turista” y después “especializarme”. Le hemos hecho caso, y tenía toda la razón: los sitios de siempre, los de las postales cursis, son clásicos por algo: la torre Eiffel (ahora azul y con las estrellas de Europa, tan preciosa), el Trocadero (tan simplón y a la vez con tanta vida), la plaza de l’Étoile (con su tráfico loco), los Chams Elysées (llenos de turistas de día y de glamour de papel couchet por las noches), el Sena (con sus quai y su Bateaux-Mouches), las islas (con su encanto especial), el barrio latino (divertido de día y divertido de noche), Montmartre (con esos pintores tan malos empeñados en hacerte una caricatura mala), e incluso la Tour Montparnasse (con sus espectaculares vistas de toda la ciudad) son lugares –estos y tantos otros, que dejo en el tintero y en la memoria- que uno no se cansa de mirar, de repasar, de recorrer.

Los parques son otro punto fuerte que vale la pena disfrutar: Boulogne y Vincennes, Monceau, Plantes, La Villette, Citroen. Y los cementerios, aunque no me han parecido tan mecedores de la fama que les acompaña.

Podría decir muchas más cosas, pero lo dejo para otro día, que esto empieza a quedar largo. Señalo únicamente lo bien que funciona el metro (aunque París hay que andarlo, es un eficaz sistema para llegar a “lo especializado”), y lo penosas que son las papeleras en las calles (simples bolsas de basura colgadas de un aro), que desentonan en una ciudad despanpanante.

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