Después de mis visitas al MUSEO CERRALBO y al MUSEO DEL ROMANTICISMO, pensé que podía ser razonable volver al MUSEO DE ARTES DECORATIVAS, porque encuentro cierta relación entre los tres. Es un museo que ya conocía: hace cierto tiempo había visitado la colección permanente y hace menos tiempo estuve en alguna exposición temporal, pero, la verdad, no lo tenía muy fresco; sólo al recorrer de nuevo las salas he ido recordándolo. Las plantas baja y primera están dedicadas a exposiciones temporales, que en esta ocasión tenían relativa -por no decir muy poca- enjundia: no merecen más comentario.
En la planta segunda se puede ver la reproducción de algunas estancias de una casa del siglo XVII: me han parecido interesantes, bien recreadas y bien explicadas. En la misma planta, salas con orfebrería y joyas, piezas y objetos de cerámica, tejidos (siempre me llaman la atención: al verlos pensé que en esta línea mía de … museos menores –que nadie se moleste, por favor- tengo que volver al MUSEO DEL TRAJE) y trabajo del cuero: las fundas del TESORO DEL DELFÍN que se puede ver en el Prado, y piezas de cordobán.
En las plantas tercera y cuarta, fundamentalmente mobiliario del XVIII y alguna cosa de principios del XIX. Ya no se recrean estancias, sino que se exponen piezas, a veces sueltas y a veces componiendo pequeños conjuntos, lo que hace que todo resulte menos contextualizado, aunque no deja de tener atractivo. Recordaba con bastante claridad el Belén Napolitano, con su exagerado fondo de columnas, y en cambio no tenía en la cabeza la divertida cocina valenciana completamente acabada con cerámica decorada. Hay también una sala bien conseguida dedicada a la REAL FÁBRICA DE VIDRIO DE LA GRANJA.
Igual que el CERRALBO y que el MUSEO DEL ROMANTICISMO, el MUSEO NACIONAL DE ARTES DECORATIVAS me ha parecido sugerente: no es ni mucho menos un museazo (antes lo calificaba de museo menor, y creo que la calificación es justísima), pero permite ver y situar piezas de uso cotidiano que manifiestan el afán de cualquiera, en cualquier época, por vivir rodeado de buen gusto, de objetos bien diseñados y trabajados hasta el detalle más pequeño. El arte en casa no es (siempre) capricho, ni es (siempre) vanidad, ni es (siempre) opulencia y forma de demostrar un estatus social. No es (solamente) canal para la catequesis de la Iglesia ni para la propaganda del Estado. Muchas veces (no siempre) es sensibilidad, para muchos (me atrevería a decir todos) es tremendamente enriquecedor, y (para algunos) una auténtica necesidad.Eché de menos, eso sí, una buena sección de piezas del siglo XX, periodo en el que se pueden encontrar diseños sensacionales, auténticas obras maestras: pienso que es una laguna muy seria del Museo. Sin ir más lejos, en la portada del folleto lo que aparece no es una fotografía de un mueble neoclásico, sino la SILLA ROJA Y AZUL de GERRIT RIETVELD, neoplasticista, diseñada en 1918; y subiendo las escaleras lo que uno ve –es verdad que entre otras cosas- es la SILLA BARCELONA de MIES VAN DER ROHE, de 1929. Pregunté en información y me dijeron que efectivamente tenían esas piezas, pero que no estaban expuestas porque las exposiciones temporales habían ocupado sus salas: una situación que da auténtica pena, y que espero sea pasajera. La misma persona me anunció –con poca precisión, todo sea dicho- que en mayo comenzaría una exposición que podría incluir esas piezas (o piezas de ésas: supongo que quería decir modernas/contemporáneas). Estaré atento.












Por un lado, pienso que lo que el CERRALBO tiene de auténtico le falta al MUSEO DEL ROMANTICISMO, donde todo se nota más postizo, menos vivido, más escenario construido. Por otro, lo que el MUSEO DEL ROMANTICISMO tiene de claridad conceptual e interés museográfico (¿o es museológico?) le falta al CERRALBO. Ambas ideas encajan con lo que sabemos: que el MUSEO CERRALBO es una auténtica casa-palacio restaurada, mientras que el MUSEO DEL ROMANTICISMO es una recreación de esa misma forma de vivir para ser enseñada, pero no una realidad vivida. Como arquitectura, el MUSEO DEL ROMANTICISMO, aunque es más ordenado, no tiene ningún espacio del interés del vestíbulo y Escalera de Honor del CERRALBO, o de su sala de baile. Y en cuanto a las colecciones, mi impresión ha sido que el CERRALBO tiene en conjunto mejores piezas, pero las del MUSEO DEL ROMANTICISMO son más homogéneas; no sabía, por cierto, que hubiera un GOYA en el oratorio del MUSEO DEL ROMANTICISMO, una imagen de San Gregorio Magno. Me ha llamado la atención el mobiliario del MUSEO DEL ROMANTICISMO, o quizá sería más preciso decir que he prestado más atención al mobiliario, cosa que en el CERRALBO hice menos: presté mas atención a los objetos artísticos y menos a los muebles (que muchas veces son objetos artísticos, claro); también me detuve un rato en la sala dedicada a los niños, para ver los juguetes de época. Me pareció más acertado y completo el cuadernillo del CERRALBO para seguir el recorrido expositivo que el del MUSEO DEL ROMANTICISMO, y me gustó la doble lectura de las salas que se propone en el MUSEO DEL ROMANTICISMO. Una última comparación, por acabarlas con una sonrisa: en el MUSEO DEL ROMANTICISMO entré directamente, sin un segundo de cola, y en el CERRALBO …




