
Una de las novelas que tenía pendientes de desde hace tiempo (años) en mi lista era OTRA VUELTA DE TUERCA. He leído algunas cosas de JAMES, pero esta seguía en el tintero.
Al acabar puedo decir que tiene bien merecida su fama, porque es un relato extraordinario. Pero no me ha entusiasmado, no le puedo poner un diez, quizá porque las expectativas eran muy altas: hace años leí en algún sitio que OTRA VUELTA DE TUERCA tenía la mejor última página de la historia de la literatura: la más sorprendente, entendí yo; me quedé con ese run-run en la cabeza, y lo estaba esperando. Quizá me he centrado demasiado en la historia que cuenta, y no en cómo la cuenta.
OTRA VUELTA DE TUERCA arranca con un recurso clásico, de lo más decimonónico: un grupo de personas en una noche navideña están contando historias; uno de ellos –el señor Douglas- anuncia que conoce una tremenda, que no puede contar hasta que no pase un tiempo determinado; se crea en el auditorio una expectación creciente; promete un relato auténtico, escrito por su protagonista, una mujer; y un par de días después arranca la lectura del “manuscrito”. A partir de aquí el argumento avanza cogiendo mucho al lector, que poco a poco va devorando páginas para ver cómo se desarrolla la acción en busca del fantástico final. Y cuando acaba de leer y no lo encuentra, se pregunta si se habrá perdido algo, si no habrá algo que no ha entendido o algún matiz clave que no ha sabido coger. Yo esperaba un final tipo LOS OTROS o al menos EL ORFANATO; y la verdad –con cierta pena lo digo- es que el que encontrado no me ha parecido genial. Puede que la culpa la tenga el cine, puede que ya hallamos visto demasiadas cosas, puede que hayamos perdido capacidad de asombro o sensibilidad, puede que yo no haya entendido nada ... o puede que el final no sea para tanto.
¿Qué nos cuenta OTRA VUELTA DE TUERCA ? la historia de una deliciosa mujercita -de quien nunca sabremos su nombre- que es contratada por un misterioso caballero como institutriz para que cuide a sus sobrinos, Miles y Flora, 10 años él y 8 ella, huérfanos (sus padres han muerto en la India) en su mansión de Bly, en el campo. Sustituye a otra mujer joven que ha dejado el puesto por defunción, no sabemos en qué circunstancias. Con enorme aprensión nuestra protagonista llega a su lugar de trabajo, idílico y lleno de buenas personas, aunque desde la primera noche intuye la presencia de algo o de alguien extraño en la casa. Pero en seguida nota que no hay motivo para el miedo: la niña es un cielo desde el primer momento; el niño todavía no está en casa y llegará un par de días después que la protagonista, precedido de una carta en la que se anuncia que ha sido expulsado del colegio donde estudia por malvado, pero cuando Miles entra en escena resulta que también es un auténtico ángel, tan cándido que resulta inexplicable su expulsión del colegio. La vida comienza a transcurrir plácidamente: es verano, la naturaleza está radiante y cálida, los niños de vacaciones se portan mejor que mejor, y así todo. Entonces empiezan a aparecer fantasmas: primero el del pelirrojo y vicioso Quint, el mozo de confianza del señor de la casa, que vivió en Bly y murió en un accidente fortuito; después el de la guapísima –y ahora demacradísima- señorita Jessel, la anterior institutriz, que seguimos sin saber cómo ha muerto. La señora Grose, el ama de llaves de Bly, se encarga de explicarnos quienes son esos personajes, y su relación: resulta que “eran unos golfos”, y estaban liados. A partir de aquí arranca una carrera entre los fantasmas y la institutriz por hacerse con los niños, por arrimarlos al lado bueno o al lado malo de la existencia; carrera siempre contada por la institutriz, desde su perspectiva, desde su cabeza; carrera tan llena de ambigüedades, de sugerencias y de dudas que mantienen el misterio y hacen que el lector no sepa muy bien por dónde pueden ir los tiros hasta llegar al famoso final, que por supuesto no desvelo.
El título del relato se cita dos veces a lo largo del texto, una casi al principio (el señor Douglas, sobre otro relato, dice: “respecto al fantasma de Griffin, el hecho de aparecerse primero a un niño de tierna edad confiere al relato algo especial. Pero no es el único caso de esta clase, que yo conozco, donde se involucre a un niño. Si un niño da la sensación de otra vuelta de tuerca, ¿qué pensarían ustedes de dos niños? ¡pensaríamos que son dos vueltas, por supuesto!”) y otra casi al final (la protagonista nos dice que necesita mantener toda su fuerza, incluso darle otra vuelta de tuerca para mantenerse en pie en la situación en la que se encontraba), con dos sentidos distintos. Tampoco da muchas pistas, a parte de las obvias. Puede que sea precisamente eso lo que pretende JAMES, que al llegar al final sea el lector el que dé otra vuelta de tuerca a todo lo que ha leído para completarlo y re-entenderlo.
Tiene desde luego el enorme mérito que siempre se ha reconocido a HENRY JAMES: el análisis interior de los personajes –en nuestro caso, de la protagonista- es magistral. Un muy buen relato, de los que hay que leer, pero sabiendo que está escrito en 1898.
Por cierto: ¿es una obra de literatura norteamericana o es literatura europea?